Vulnerados como sociedad,
iniciamos un 2002 inolvidable. Un año que parecía no terminar nunca, y tampoco eso
importaba pues la inmediatez de los acontecimientos impedía ir más allá del asombro
cotidiano.
Que si el nuevo gobierno algo podía cambiar de la debacle en la que nos introducimos; que
si el corralito algún día se abriría; que si obtendríamos asistencia de los organismos
financieros internacionales a pesar del desequilibrio nacional existente; que si
terminarían los conflictos reflejados diariamente en las calles; que si culminaría el
alza de precios, la suba del dólar, los coleros en la city, los conflictos políticos...
Que si algo de aquello podía retornar al estadio anterior al surmenaje revelador de la
extensa crisis, lo pedíamos en un ruego nacional a veces silencioso, otras, estruendoso,
en ocasiones solitario, y de a momentos, masivo.
Y aún cuando algunos personajes de la escena nacional parecían no darse por enterados de
esa realidad en su carrera por el poder, la desnutrida situación infantil del país
desnudó una inmoralidad que no soporta más víctimas.
Entonces aquel rezo multitudinario se convirtió en un pedido inescrutable para que se
reactive alguna fibra de sensibilidad, a partir de tanta imagen descarnada del futuro
argentino.
Si a partir del estallido económico escuchamos decir repetidamente: en mi
vida vi nada igual, hoy nos queda decirnos que en la vida veremos nada
igual porque haremos todo por que esa cruenta situación cambie realmente.
Como bien sabemos quienes constituimos el Cip, esa premisa no se logra sin un marco
ético que rija nuestros pasos, sin encarar con compromiso cada situación que nos golpee,
sin poner lo mejor que sabemos hacer para remediar condiciones de injusticia, sin jugarnos
a conseguir aquello en lo que creemos firmemente. Y ya no estamos hablando de la
situación como país, sino del ámbito más pequeño pero igualmente representativo de
nuestra identidad como país, de nuestro mercado publicitario, el lugar donde ejercemos la
ciudadanía como profesionales.
No es nuestra intención parecer ajenos a la escena nacional, pero, a pesar de ella,
pudimos cumplir algunos objetivos fijados como institución, los que obran en beneficio de
los socios y del ámbito publicitario en su conjunto.
Entre ellos, como detallamos en este número, ampliamos el Código de Ética del Cip por
decisión unánime del Consejo Directivo y de la Asamblea convocada al efecto, a partir
de la revisión del juicio sobre las prácticas comerciales que la dinámica actual
del mercado requiere.
Otro anhelo por el que veníamos trabajando desde el momento en que produjimos nuestra
página web, era la rapidez en la búsqueda de la información comercial externa y propia
del Cip, objetivo que este año fue superado con la optimización de nuestra base de datos
y el rediseño del sitio web.
La falta de reactivación económica, que achicó fuertemente los índices de inversión
publicitaria, fue un punto que sacudió a nuestra masa de asociados, y que si bien llegó
a la entidad, supimos sortear con habilidad, gracias a una buena previsión presupuestaria
por un lado, y a una decidida política de mejoramiento de servicios, por otra, que nos
llevó a obtener un ejercicio equilibrado, lo cual en este contexto es una señal
promisoria.
Debemos recordar también que durante el 2002 el Cip asistió a un cambio de autoridades,
lo que sin duda significa el inicio de una nueva página en su historia como entidad, pero
de forma alguna un corte al trabajo positivo que venimos haciendo directivos y asociados,
para que el Cip ocupe siempre un espacio relevante en la vida publicitaria.
Naturalmente que trastocar la problemática nacional no es un propósito alcanzable por
una única institución, pero pensamos que sí lo es para el conjunto de entidades,
comunidades, empresas, ciudadanos y seres verdaderamente humanos que aspiran salir
adelante manteniendo su ética en alto, dignificando su trabajo con esfuerzo, creciendo
día a día desde su tarea profesional, y entregando simultáneamente a la sociedad sus
mayores sueños y esperanzas de vivir en un país mejor.
Ciertamente, un año para recordar.
Sergio J. Denevi / Presidente