| Columnista invitada ESTRATEGIAS EXITOSAS
La eficacia publicitaria y
el comportamiento del consumidor
Por Carolina Gaitán
La comunicación publicitaria
ha de promover un comportamiento por parte de los consumidores que justifique el gasto
realizado. No basta comunicar o informar si ello no deriva en consecuencias lucrativas
para el anunciante.
Como consecuencia del contexto
en el que la publicidad se mueve hoy en día, el anunciante se enfrenta a un descenso en
la eficacia de sus prácticas comunicativas. El exceso de información y la
superficialidad con que los anuncios son atendidos, así como el desconocimiento de las
causas que explican la percepción y la valoración que el espectador hace de la marca,
justifican, entre otras cosas, la elaboración de este texto para la toma de decisiones
que resulten eficaces. Se ofrece al lector un marco íntegro de las relaciones entre la
eficacia publicitaria y el comportamiento del consumidor en sus modos de procesar la
publicidad, así como también se exponen aquellas recomendaciones que fundamentan el
diseño de las estrategias publicitarias con mayores probabilidades de éxito. En
definitiva, este texto permite conocer los conceptos que actualmente ocupan los primeros
lugares de la discusión científica y profesional y participar de las nuevas líneas de
debate sobre eficacia en publicidad marcadas por el Marketing Science Institute.
El problema de la eficacia
publicitaria se plantea cuando dos o más anunciantes persiguen unos objetivos (efectos)
diferentes con su publicidad. Por tanto, qué efectos puede -o debe- pedírsele a la
publicidad comercial? La publicidad, ante todo, representa una inversión de dinero que,
dentro de la lógica empresarial que debe gobernar en toda actividad comercial, debe ser
justificada mediante un posterior beneficio económico derivado de sus efectos. La
eficacia publicitaria, a diferencia de lo que trata de establecer la inmensa mayoría de
autores (Ortega Martínez, Martín Armario, Billorou...), no depende de los objetivos
planteados; pues si así fuera, para alcanzarla bastaría asignar unos objetivos nada
difíciles, y obviamente esto no debe ser así. Permitir que el propio anunciante señale
los objetivos de la comunicación publicitaria implica que decida a su antojo el principio
y el final de la eficacia de cualquier campaña. Los objetivos del anunciante no pueden
determinar la eficacia publicitaria si entendemos ésta como la eficacia de la inversión
publicitaria, ya que el objeto de toda inversión es su rentabilidad. El hecho de que la
publicidad sea una forma de comunicación no legitima que sólo deba plantearse objetivos
de este tipo, ya que una comunicación técnicamente perfecta entre emisor y receptor no
necesariamente ha de contribuir al beneficio económico del anunciante. Medir la eficacia
de la publicidad en términos exclusivamente comunicacionales no ayuda a establecer el
rendimiento económico de la inversión realizada. La eficacia publicitaria, como la
eficacia de la gestión empresarial, es una cuestión de rentabilidad en el tiempo: tanto
se invierte, tanto esa inversión produce en tanto tiempo. Dada una inversión
(publicitaria o no), cualquier añadido a ésta que tarde o temprano cristalice en
beneficios es rentable, es eficaz. Así, la eficacia máxima corresponderá a aquella
fracción de la inversión que haya conseguido la rentabilidad más alta en el plazo más
breve. Los tests de áreas (o zonas de prueba) proporcionan toda la información necesaria
para evaluar el potencial comercial de una determinada campaña en comparación con otras
y con ninguna (grupo de control), y con estos datos puede conocerse o estimarse la
rentabilidad de una campaña o, lo que es lo mismo, su eficacia. La cosa es bien simple.
Pero no para todas las campañas se realizan pruebas de este tipo; es más,
sistemáticamente tiende a no hacerse para ninguna. El problema, pues, se agrava. Pero a
falta de cifras reales, de datos empíricos acerca de los resultados comerciales de una
campaña, la solución la presta la intuición razonada: cada pieza o campaña
publicitaria habrá de ser evaluada y calificada considerando sus puntos fuertes y
débiles, e intuyendo su rendimiento comercial diferencial con respecto a otras
alternativas posibles (en cuanto a mensajes, estrategias, herramientas...) para ese mismo
producto o marca. Así, llegamos a una doble manera de entender la eficacia publicitaria.
Por un lado, la eficacia la determina la rentabilidad económica de una campaña: la
campaña A de un producto es mejor que la campaña B de un competidor porque la primera
consigue una rentabilidad de la inversión publicitaria por encima del 80% frente al 60%
de la segunda. Pero por otro lado, la eficacia de una campaña viene dada por el grado de
perfección de ésta, es decir, por la dificultad o imposibilidad de mejorarla y mejorar
así sus resultados comerciales. Volviendo al ejemplo anterior: se puede estimar que la
campaña A presenta numerosas deficiencias y que habría formas de mejorar su rentabilidad
en un 200%, sin embargo la campaña B es presumiblemente inmejorable. El problema que se
plantea ahora es el de concretar el efecto (u objetivo) que persigue la publicidad según
la definición de eficacia contemplada: máxima rentabilidad de la inversión o máxima
calidad publicitaria. O lo que sería mejor aún, la combinación óptima de ambas. Yendo
un poco más lejos, para ser más justos y al mismo tiempo reconocer el esfuerzo del
profesional publicitario, podemos terminar de rizar el rizo considerando una tercera y
última variable más: el grado de dificultad que ha sido superado para satisfacer los
objetivos de rentabilidad y calidad publicitarias mencionados. De tal modo que,
finalmente, la eficacia publicitaria vendrá determinada en función de su rentabilidad
comercial en el tiempo, de su proximidad a la perfección intuida y del grado de
dificultad superado para conseguir esa rentabilidad y ese acercamiento a la máxima
calidad publicitaria.
Los objetivos del anunciante:
ventas Vs. premios de publicidad
Es habitual compartir un rato entre amigos y escuchar a alguien que comenta lo
bueno que es -o le ha parecido- tal anuncio. Se refiere a que le ha gustado el anuncio, no
a querer comprar el producto anunciado. Algo similar ocurre con los festivales y premios
de publicidad. Cuando lo lógico sería no presentar las piezas de publicidad sino las
cifras de venta o, mejor aún, los resultados de los tests de áreas, y premiar al
verdadero ganador en función del tipo de producto anunciado, se hace casi lo contrario:
se premia la publicidad más espectacular, divertida (en Cannes 96 se impuso la de corte
humorístico o con chascarrillo), original, o aquella que ha trabajado una idea al gusto
del jurado. Incluso hay agencias de publicidad (y tras ellas, anunciantes) que preparan
piezas de publicidad con vocación netamente "festivalesca" -truchos o, según
Lorente, prototipos inexistentes-; y puesto que la difusión mediática es requisito
imprescindible para participar en dichos certámenes, se publicita una o dos veces cada
pieza, y listo. Lo peor es que esa publicidad es la que se lleva el premio, porque no ha
tenido que vender ningún producto, nadie ha tenido que comprar nada. Si esa publicidad
era buena y por eso se premió, ¿qué sentido tiene limitar su difusión mediática a lo
estrictamente necesario para participar en un festival de publicidad? Félix Muñoz ya lo
advierte: "en un festival se valora más la originalidad que la eficacia".
Después hay quienes, premio en mano, se vanaglorian de los éxitos cosechados;
"éxitos" que se hacen extensivos a toda la agencia donde trabajan y que se
utilizan como reclamo para ganar nuevos clientes y mantener otros. Mas no se sabe por qué
(seguramente ocurre por la ignorancia supina y el despiste de muchos), pero hay
anunciantes que valoran positivamente esos premios y quienes -a juicio del autor de este
texto- los detentan. Es cierto, claro está, que ganar premios y que se difunda
periodísticamente la noticia consigue publicidad para la agencia, el anunciante y la
misma publicidad premiada. Obviamente esto es ventajoso para todos ellos, y como trabajo
de relaciones públicas tiene todo el mérito. Pero no hay que confundir premios y buena
publicidad. Lo que realmente premia a la publicidad y a sus creadores son los beneficios
que obtiene el anunciante a través de las ventas propiciadas por ésta. Luis Bassat, en
su Libro rojo de la publicidad, titula un epígrafe "La publicidad que gusta vende
más", y justifica esta aseveración aportando datos sobre una investigación al
respecto llevada a cabo por la agencia publicitaria estadounidense J. Walter Thompson.
Realmente, los resultados obtenidos no arrojan una mayor venta para los productos cuya
publicidad gusta, sino un cambio de actitud en favor del producto anunciado con una
publicidad considerada atractiva, lo cual difiere sustancialmente con el título del
epígrafe. Sin cuestionar la validez de la investigación en cuanto a su rigor
científico, queda sin conocerse las dimensiones de actitud consideradas, así como la
magnitud del cambio producido, lo cual descubriría el valor real del experimento. En
cualquier caso, los resultados obtenidos fueron los siguientes: Un 8,2% de los que se
mostraban "neutrales" ante el gusto hacia la publicidad modificaron
positivamente sus actitudes hacia el producto anunciado. Un 9,5% de quienes "les
gustaba bastante" también lo hicieron así. Y la cifra llegó al 16,2% para los
entusiastas, los cuales reconocieron que esa publicidad "les gustaba
muchísimo". (Sólo un 3% de los encuestados se manifestó en contra del anuncio).
Objetivos de comunicación:
eficacia
El anunciante que decide hacer publicidad y pagar por ello pretende conseguir
beneficios por encima de la inversión realizada y rentabilizarla al máximo. Asesorado o
no por el profesional publicitario, establecerá unos objetivos realistas de
comunicación, es decir: informar sobre la aparición de un nuevo producto en el mercado,
advertir de una promoción especial, seducir mediante una presentación atractiva del
producto, persuadir apelando a la razón, estar presente en la mente de los receptores,
etcétera. Si la publicidad es una forma de comunicación, los objetivos que ha de
plantearse serán, evidentemente, objetivos de comunicación. Pero no se trata solamente
de que los receptores perciban los mensajes publicitarios tal cual pretende el emisor: una
buena publicidad no es únicamente una comunicación técnicamente perfecta (teoría
matemática de la comunicación) ni una transmisión de ideas absolutamente nítida y
fiel. El receptor puede entender perfectamente el mensaje y no ver su comportamiento
influido por éste -y acaso, tampoco, sus actitudes-, bien por carecer de recursos
económicos suficientes, por no interesarle el producto anunciado, por no dar credibilidad
al anunciante, o bien porque el mensaje difundido no es el adecuado o persigue metas
inalcanzables. La comunicación publicitaria ha de promover un comportamiento por parte de
los consumidores que justifique el gasto realizado. No basta comunicar o informar si ello
no deriva en consecuencias lucrativas para el anunciante. ¿Objetivos de comunicación?
Sí, pero capaces de provocar una respuesta de consumo que produzca beneficios; porque si
los objetivos de comunicación se satisfacen sin conseguir provecho económico alguno,
habrá que cuestionar la oportunidad de la publicidad o la pertinencia de las propuestas
publicitarias.
La realidad frente al
contenido del mensaje
Para comprender los efectos que produce la publicidad, basta con aislarla del resto
de fuentes de información y analizar la influencia que tiene o puede tener sobre el
público en comparación con el resto de experiencias sensibles. Valga, pues, la
distinción entre, por un lado, publicidad y, por otro: mundo, vida, experiencia, cultura,
sociedad... todo aquello que no es publicidad. La publicidad es una fuente de información
para el individuo como lo es, también, el mundo y sus experiencias personales en la vida.
Acerca del mundo y de las cosas, cada cual tiene su punto de vista y su juicio, y éste se
forma conciliando diversas informaciones y experiencias referidas a cada objeto,
situación, persona o idea en cuestión. Así, la influencia de la publicidad sobre las
percepciones, creencias, juicios y valores de los individuos, caso de producirse, ha de
hacerlo superando la de la influencia de la experiencia previa de éstos en el mundo, la
cual ha configurado su persona(lidad). La publicidad normal no permite la experiencia
directa con el producto sino de forma vicaria u observacional, o mediante información; y
en su función moldeadora de las personas -o de sus hábitos de consumo, que son también
parte de las personas-, pierde efectividad en comparación con la experiencia real con el
producto, que es mucho más confiable y genera actitudes más firmes y consistentes con la
conducta. Conocido, además, el carácter interesado y manipulador de la publicidad, el
individuo procurará protegerse de su influencia, consiguiéndolo en alguna medida como lo
demuestran las diferentes investigaciones. Aun sin contar con esto último, mientras que
el individuo percibe y experimenta -aprehende- en el entorno real durante toda su vida, la
presencia de la publicidad apenas representa una minúscula parte de ésta. La publicidad
-como el cine- en muchos casos presenta personajes y escenas de ficción ajenos a lo más
o menos conocido y posible en la cotidianidad; y en la medida que el individuo sea capaz
de detectar esa irrealidad, rechazará tales informaciones como explicadoras del mundo y
de las cosas: podrán ser entretenimiento, ocio, diversión, pero no parte de la realidad.
Cada nueva información entrante -publicidad o no- se negocia con la ya existente en los
esquemas cognitivos de la persona para darle cabida en éstos o rechazarla; así, se
mantiene un equilibrio en cuanto a la interpretación del mundo (teoría de la disonancia
cognitiva). Y en este sentido, es poco probable que se acepte la realidad que presenta la
publicidad para un producto concreto si ésta difiere sustancialmente de la que se
manifiesta de hecho en el mundo. Los mensajes publicitarios no se descodifican de forma
literal y objetiva, no: se interpretan. En cualquier caso, ese significado neto que queda
finalmente, el que sea, ha de enfrentarse a la realidad que el individuo conoce para
determinar su aceptación o rechazo, su aceptación parcial, o la duda acerca de su
veracidad. Es claro que la realidad vence ante la publicidad en cuanto a la influencia que
ejerce sobre la manera en que las personas interpretan el mundo y viven en él. Nadie
cabal esperará conquistar a una dama por usar tal marca de desodorante, ni abrigará
esperanzas de saborear la aventura al fumar Camel. Porque conoce por experiencia que las
cosas no son así. En todo caso, antes de probar un producto, sí puede fantasear e
imaginar de éste las mil maravillas; pero si su consumo no le proporciona la
satisfacción esperada, seguro que cambiará el concepto que tiene del producto y lo
adecuará a la realidad. Marlboro encarna una serie de valores diferentes: "La marca
para el hombre independiente que labora a la intemperie, recio, la persona que tiene
criterio propio, que es autónoma y que sabe lo que quiere". Pero lo más destacado
es que el posicionamiento de Marlboro está configurado más por el perfil del consumidor
(solamente cierto tipo de hombre fuma Marlboro) que por los beneficios explícitos del
producto. Los deseos que satisface están ligados a la autoimagen. (David Arnold, en
"Cómo gestionar una marca") El hombre de Marlboro, como se le llamó, fue un
éxito inmediato. Los adultos jóvenes e inseguros buscaron la marca porque deseaban ser
tan fríos, serenos y seguros de sí como aquel cowboy. Y además deseaban ser duros y
libres. (William Meyers, en "Los creadores de imagen) La publicidad de Marlboro sí
puede ser la del cowboy, y lo es. Pero la personalidad del consumidor de cigarrillos
Marlboro no puede ser la del solitario feliz y rudo vaquero americano si todo tipo de
gente -incluidos homosexuales, señoritas- fuma dicha marca. Asociar Marlboro al cowboy es
vincular la marca a su publicidad; pero de ahí a considerar que dicha asociación
-universal- manifiesta el motivo de compra y consumo del gran público, hay un buen e
insalvable trecho. Se puede argumentar que este tipo de asociaciones actúa en un estadio
inconsciente de la estructura mental humana, que la publicidad produce sus mayores efectos
por debajo del nivel consciente. En ese caso, cualquier mensaje sería creíble:
cualquiera, pues el inconsciente parece no percatarse de la disonancia existente entre la
publicidad de Marlboro y su realidad social; es más, según esto, prefiere creer la
ficción de la publicidad. De cualquier forma, si la influencia de la publicidad se
produce de manera inconsciente, también la influencia del entorno social ha de producirse
de esta forma. Sería pueril considerar que solamente la publicidad tiene acceso al
inconsciente. Todas las asociaciones que se puedan hacer -consciente e inconscientemente-
entre un producto o marca y las imágenes de su publicidad son nada en comparación con
las que permite establecer la realidad no publicitaria. David Arnold considera -aunque sin
datos empíricos a su favor- que "ni siquiera los mismos consumidores son conscientes
de la naturaleza de su relación con una marca, en muchos casos porque las razones
subyacen en el inconsciente" y que "la percepción de imagen de marca subyace en
el inconsciente". Si el Hombre Marlboro resultara tan atractivo a nivel inconsciente
como sostiene este autor, sólo habría que publicitar todas las marcas y productos con
personajes y escenarios del lejano Oeste.
Audiencia y target
La contratación de tiempo y espacios publicitarios requiere una muy considerable
inversión de dinero que no debe desperdiciarse. Actualmente, hay una cantidad enorme de
propuestas publicitarias que asaltan diaria e incesantemente a cada individuo. Y todavía
es mayor el número de marcas y productos que se exhiben en público y, por tanto,
consiguen publicidad y crean imagen; porque cuando esos productos y marcas aparecen
reconocibles en programas de televisión o películas de cine, se habla de
"publicidad encubierta", y la única razón de ello es que hay un anunciante
detrás, aunque algunas veces pueda no haberlo. La audiencia de un soporte o medio -en un
lugar y tiempo concretos- equivale al total de personas que perciben los estímulos
difundidos por ese medio o soporte. Los mensajes publicitarios difundidos mediáticamente
tienen una audiencia, que se corresponde, en el mejor de los casos, con la del soporte
donde se insertan. En este sentido, y para rentabilizar al máximo la inversión en
medios, los mensajes habrán de estar orientados hacia esa audiencia concreta,
considerando sus gustos y necesidades; claro que ni los perfiles de audiencia que declaran
los diferentes soportes se concretan lo suficiente como para convertir la comunicación de
masas en otra más personal o íntima -y, en consecuencia, persuasiva-, ni los soportes
tienen una audiencia homogénea en cuanto a preferencias y hábitos de consumo en general.
En cualquier caso, puesto que no existen soportes con una audiencia idónea, hay que
determinar los más adecuados para la difusión de cada pieza publicitaria, por lo que
habrá que predefinir un público objetivo o target al que tratar de alcanzar: los
consumidores potenciales del producto o marca objeto de publicidad, y preferentemente -por
limitaciones presupuestarias- aquellos cuya intensidad de consumo sea mayor. Pero
¿quiénes son los consumidores potenciales, o a través de qué soportes son accesibles
publicitariamente? Marçal Moliné asegura que "no faltan estudios sobre los
consumidores que pueden convertirse en target", y define target como "comprador
final, fuente de negocio, o el que va a pagar". ¿Significa esto que es posible que
una investigación prediga quiénes consumirán un producto y quiénes no? Moliné habla
de "posibilidad", de quienes pueden convertirse en compradores. Desde luego,
quienes tienen capacidad adquisitiva suficiente tienen la potencialidad de ser
compradores; por tanto, si tales estudios se limitan a descubrir a estas personas, serán
poco o nada útiles, porque el target para la mayoría de los productos sería la
población entera. Cabe suponer, pues, que esos estudios localizan a quienes pagarán por
los productos que tengan una publicidad de cierta calidad; de lo contrario, o sobraría
esa publicidad porque el nivel de demanda de los productos sería el mismo aun sin éstos
anunciarse, o sobrarían esos estudios dada su incapacidad de solucionar problemas de
determinación de target. Pero ¿acaso es posible predecir quién consumirá cada
producto, cada nuevo producto? No existen diferencias objetivables entre los
compradores/consumidores de televisores Panasonic, Grundig, Philips y Thomson; seguramente
la mayoría de los que tiene dos o más aparatos receptores en casa, tiene también marcas
diferentes. Es bien difícil que haya (o se puedan llevar a cabo) estudios
científicamente válidos, y cuyos resultados faciliten la tarea del profesional
publicitario, que determinen quiénes pueden convertirse en consumidores de cualesquiera
productos y marcas, y quiénes no. Sobre este respecto -explica León-, "debe
destacarse que la investigación publicitaria actual, en cualquiera de sus vertientes,
apenas tiene en cuenta unos criterios mínimos de validez y fiabilidad para certificar sus
conclusiones. Contrastan los grandes presupuestos dedicados a la investigación con la
falta de inquietudes científicas, al menos en lo que a investigación publicitaria
comercial se refiere". Precisar demasiado un target, dos o más, implica iniciar una
búsqueda de soportes con audiencias lo más parecidas al target propuesto, y se corre el
riesgo de, por esa concreción desmedida, desatender buena parte de consumidores
potenciales, lo cual puede traducirse en una rentabilidad menor para la inversión, pues
los soportes con mayor audiencia (y, casi necesariamente, menor homogeneidad de ésta)
tienen un coste por impacto publicitario más bajo. Hay que ser realistas en cuanto al
mercado actual y potencial que tiene un producto. Billorou advierte, además, que el
target no debe ser sólo el comprador final, sino también aquellas personas que deciden
la compra o la influencian de alguna forma (audiencia subobjetivo); son los casos de
compra de inmuebles, vehículos, mobiliario para el hogar, electrodomésticos de uso
familiar (TV, vídeo, equipo de música, parabólica...), vacaciones organizadas,
ordenadores personales, etcétera. Sobre este aspecto, merecen especial mención los
"líderes de opinión", que son aquellas personas percibidas por el grupo como
conocedoras o expertas en temas particulares y ejercen sobre éste gran influencia, pues
se presentan como una fuente de información apropiada. Siempre habrá quienes, por falta
de recursos económicos, por sus características personales (sexo, edad, minusvalías...)
o por otros motivos e impedimentos, no podrán comprar o consumir un producto o cierto
tipo de productos. Aún así, persuadirlos de que el consumo de tal marca o producto
concretos conviene frente al resto de la oferta, obrará en favor de la empresa anunciante
si estos individuos llegan a comunicarse con otros que sí están en disposición de
comprar o consumir esos productos y marcas. La manifestación de deseo hacia un producto
por parte de quienes no tienen capacidad adquisitiva suficiente, hace aumentar el valor
social del producto en cuestión gracias a ese aprecio que le tienen quienes no pueden
comprarlo. Al igual que ocurre en la Bolsa, el deseo generalizado hacia algo hace que
aumente su cotización. El target publicitario teóricamente más aconsejable, suponiendo
un presupuesto limitado o la imposibilidad de alcanzar a todos los consumidores
potenciales, vendría dado por el grupo más numeroso de ese conjunto total de potenciales
consumidores cuyos costes de acceso y persuasión consiguieran el máximo de beneficios
para una inversión viable, un grupo que habría de ser afín respecto al consumo del
producto anunciado. Asimismo, tendrían que considerarse también los objetivos
empresariales del anunciante. Pero como no es factible establecer ese target perfecto, en
la práctica hay que trabajar principalmente con intuición y sentidos común y crítico
-y cuantos datos estadísticos y empíricos haya-, ponderando cada una de las variables
relevantes para la determinación del perfil del target y controlables para el acceso a
éste. Esto es así porque se conocen las necesidades del anunciante y el presupuesto
máximo que está dispuesto a invertir en publicidad, así como el coste de alcanzar a
ciertos grupos de la población; pero, aunque se intuye, se ignora el coste de persuadir a
los diferentes receptores de la comunicación publicitaria y, lo que es peor aún, se
desconoce quiénes conforman exactamente el universo de potenciales consumidores. El
problema fundamental en la determinación del target es conocer las variables controlables
que mejor explican la conducta de compra, las cuales, por supuesto, dependerán del tipo
de producto de que se trate. Por lo general, las variables con que los medios describen
sus audiencias son de tipo demográfico y socioeconómico: sexo, edad, hábitat y/o
región, rol familiar, estado civil y clase social. Por lo tanto, será conveniente que
las variables que caractericen al target coincidan con las que utilizan los medios y
soportes en la elaboración y posterior presentación de los perfiles de sus audiencias.
De cualquier forma, cualesquiera otros datos referidos al mercado potencial de un producto
(estilos de vida, hábitos, actitudes...) servirán para determinar otras oportunidades y
posibles acciones paralelas de comunicación, así como para crear mensajes mejor
adaptados a su público. La investigación -caso de llevarse a cabo o existir ya y aún
vigente- o la intuición serán las que determinen el target publicitario preferente:
aquella porción de la población donde se agrupan las mayores posibilidades de negocio.
Nadie compra marcas Probablemente no
sea necesario hacer aquí cita alguna: hay demasiados autores y profesionales que
defienden el valor de las marcas por encima -o a expensas incluso- de los propios
productos. Las marcas, es innegable, tienen un valor importantísimo para el consumidor,
pero éstas no sustituyen a los productos. Las marcas en sí no pueden ser objeto de
transferencia comercial. Lo que se comercializa son, por un lado y generalmente, productos
y servicios -con y sin marca-, y por otro, derechos sobre una denominación comercial
(marca registrada) y empresas, negocios. Las marcas acompañan a los productos y los dotan
o no de atractivo según la valoración que el consumidor haga de la marca en cuestión,
pero nunca las marcas suplen íntegramente a los productos en una operación de
compraventa. Esto es imposible. Las marcas, como señales que son, necesitan de un soporte
con entidad física para existir: una señal no puede serlo sin que una materialidad la
exprese. En el sector servicios, la marca acompaña igualmente a la prestación
contratada, pero no ya en forma de objeto mismo, sino como identificación de la
procedencia del servicio prestado. En cualquier caso, aquí tampoco es posible comprar
únicamente una marca, porque el intercambio quedaría incompleto al no recibir nada a
cambio. Si la marca es importante, el producto quizá lo sea aún más. BMW, Sony, Levi's,
IBM y Kodak son grandes marcas, sí. Pero productos de hace dos décadas de estas marcas
serían detestables para el consumidor de hoy. Entre las marcas y los consumidores no hay
una relación puramente afectiva a través de la cual éstos se expresan como personas.
Conducir un Mercedes, más que un orgullo y una exhibición de clase, puede suponer un
bochorno espantoso según el modelo de que se trate y el estado de éste. Es el momento,
pues, de revisar aquellos textos -no pocos- sobre los efectos de la publicidad en los que
se asegura que los consumidores se identifican con las marcas y viven un sinfín de
experiencias harto satisfactorias gracias a ellas. De esto ser así, Coca-Cola -puesto que
la marca había permanecido intacta- no tendría por qué haber fracasado en su intento
por acercarse al gusto dulzón de Pepsi (con mejores resultados en tests ciegos de sabor)
ni el resto de grandes marcas tendría que adoptar en sus productos los avances
tecnológicos y las nuevas tendencias en moda y diseño. La relación de las personas con
las marcas no es tan espiritual y sublime como defienden algunos autores, sino que es
mucho más sana, lógica y normal. Esta relación debe entenderse desde el punto de vista
de marcas ligadas necesariamente a productos, pues la realidad se presenta de esta manera.
Así pues, dependiendo en cada caso de las demás características del producto de que se
trate, la marca de éstos orientará, no sólo al consumidor sino a las personas en
general, sobre su presunta calidad y su precio originales.
(*)Carolina Gaitán es
estudiante de Administración de Empresas - Bogotá, Colombia. |